El primer eclipse total en un siglo
“El corazón y el sol tienen sistemas
y también eclipses y mala sombra”
El poema “Eclipses” de Mario Benedetti es una demostración práctica de la potencia y la capacidad para sugerir que tiene este fenómeno astronómico.
Un eclipse, sobre todo en su totalidad, nos enfrenta al inicio de toda ciencia, a intentar explicar lo que nos rodea. Una noche efímera y súbita en medio del día permite entender que durante siglos hayan surgido mitos alrededor de este fenómeno, que se ha explicado convirtiendo en deidades a los astros, y con leyendas que han hipotetizado desde el amor al odio de un Sol y una Luna convertidos en personajes de fábula.
Un eclipse nos devuelve, por un momento, a la escuela, para recordar como aprendimos a mirarnos desde fuera. Los movimientos de rotación, traslación o los secretos de la dinámica Sol-Tierra-Luna que nos iniciaron en la astronomía. Al mismo tiempo, nos exponen a la misma materia prima que hoy sirve a los científicos para estudiar las capas más externas del Sol o el relieve de la Luna y que sirvió para probar una teoría que parecía abstracta: la relatividad de Einstein.
Cuentan que esa noche repentina transforma por un momento todo el alrededor: el frío, el viento, los comportamientos de los animales… Hay que fiarse de las crónicas porque hace más de un siglo que no se puede observar desde la península. El último, en 1912, apenas duró 7 segundos. Los datos temporales definen bien la originalidad y excepcionalidad de un eclipse total que se podría decir, para la mayoría, puede darse una única vez en la vida.
Los eclipses se han abordado desde el arte, la ciencia, y siempre se han convertido en un acontecimiento. Una oportunidad para la que debemos estar preparados como sociedad y como país. En lo personal, cada uno debe haber elegido donde lo verá y estar preparado para observarlo con seguridad.
